Un tiempo sin sentidos
Un teatro sin espectadores es solo un espejismo vacío de vida. Una flor que no perfuma apenas supone un trozo de nostalgia. Un periódico que no se lee es una ficción inverosímil. Una calle sin gente no existe. ¿Acaso es más que un gancho la mano incapaz de enlazarse con la mano deseada?
Hubo un tiempo en que nuestros ojos fueron ventanas; toldos, nuestros párpados; nuestras pestañas, celosías; nuestras lenguas, balcones desde los que degustábamos aire. Hubo un tiempo en que el mundo fue ficción porque no pudimos mirarnos, oírnos, olernos, tocarnos ni saborearnos. Fue un tiempo roto; un tiempo sin sentidos.
Este es el origen de nuestro proyecto, tratar de deslizarnos en el interior de ese tiempo roto: oler, tocar, oír, paladear y, sobre todo, mirar el vacío para que después el arte capte las elocuentes formas de su silencio.
Un puñal invisible ha herido la piel de nuestros sentidos. Pero, como escribió Schopenhauer, el destino solo marca las cartas, somos nosotros quienes las jugamos. ¿Y si ese tiempo sin sentidos no los destruyó, sino que nos enseñó a moldearlos?
En la extraña primavera de 2020 nos aventuramos por la ciudad deshabitada para poder creérnosla.
Queremos ser el aliento que dé vida a un tiempo que apenas fue, el pellizco en la mejilla que verifica que no estuvimos soñando. Pero, a su vez, la reacción a ese tiempo, un intento de comprender que el pasado es hoy y mañana.
Un tiempo sin sentidos quiere ser el paisaje exterior, el complemento visual, de unos días en que todos nos fotografiamos desde dentro y, al mismo tiempo, se dibuja como una nube con forma de interrogante que nos sigue en cada paso en el camino del presente y el futuro. ¿Hemos cambiado? ¿Cómo? Este proyecto quiere ser el reflejo de los anhelos que tenemos cuando advertimos la añoranza de nuestra propia vida.